24 de junio de 2015

Nomeolvides

Con seguros movimientos de los dedos, el hombre entreveró unos cuantos nomeolvides en el suave vello castaño del monte de Venus de Connie. Dijo:
- ¡Ya está! ¡Ya están los nomeolvides en el lugar que les corresponde!
Connie bajó la vista y miró las extrañas y lechosas flores entre el vello castaño de la parte inferior de su tronco, y dijo:
- ¡Qué bonitos quedan!
- ¡Bonitos como la vida!
                                                                                El amante de lady Chatterley
                                                                                D. H. Lawrence




Leí El amante de lady Chatterley hace ya muchos años, demasiados, tantos que aunque  me acordaba por encima de su argumento y su contenido erótico no recordaba que este fuese tan intenso como el que se muestra en esta escena en la que aparecen los nomeolvides. Y no se trata esta  de su única intervención a lo largo del libro, hay unas cuantas, aunque siempre  suelen acabar estas pequeñas flores enredadas en el mismo sitio.


Con un nombre tan particular no es de extrañar que sean numerosas las historias que circulan en cuanto a su origen, y que en general nos relatan como por coger unas flores  el amado se ahoga no sin antes encomendarle a su amada "no me olvides" nombre que tomará la flor causante del disgusto, tal y como nos cuenta el poeta Juan Eugenio Hartzenbush, el mismo de los amantes de Teruel: 

                                                   Este trágico suceso,
                                                   divulgado por la fama,
                                                   dar hizo a la florecilla, 
                                                   causante de la desgracia,
                                                   el nombre de no me olvides,
                                                   y no me olvides se llama.

                                                                     La flor no me olvides (completo aquí)


Algo de cómica tiene la versión en la que los paseantes son una dama y su caballero, el cual al intentar cogerle un ramillete cae hundiéndose en las aguas por el peso de la armadura. Y muy distinta aquella que nos sitúa en el momento en que Dios daba nombre a sus criaturas. Nuestra florecilla, tan poca cosa, temiendo pasar desapercibida y quedarse sin nombre no hacía más que repetir "no me olvides, no me olvides". Y pasó lo que tenía que pasar, que Dios se olvidó y para cuando se quiso dar cuenta se había quedado sin nombres, y con nomeolvides se quedó.



No me he quedado muy conforme con las fotos del nomeolvides, y eso que para conseguirlas  he recorrido tres veces los más de cinco kilómetros que hay que caminar para llegar al sitio en que está la única mata de nomeolvides que he encontrado por la sierra. La tercera de ellas fui cargando con el trípode , pero ni por esas he conseguido una nitidez adecuada. Por cierto que a estas alturas aun no he dicho nada del nombre científico de este nomeolvides. Es una myosotis, pero no  se qué apellido darle, posiblemente secunda mas no estoy seguro.


No se me antoja volver a leer El amante de lady Chatterley y dudo que lo haga. Sin embargo no descarto volver a leer Gabriela clavo y canela, una novela que no calificaría como erótica pero que si esta impregnada de un erotismo fino y sutil y en la que también aparecen los nomeolvides:

Las flores despuntaban en las plazas de Ilhéus, repletas de canteros de rosas, crisantemos, dalias, margaritas y nomeolvides. 
                                                             Gabriela clavo y canela
                                                             Jorge Amado





10 de junio de 2015

Matagallo

                                                       Tierra de piedra y sin agua,
                                                       cuatro matagallos secos,
                                                       cuatro encinas destrozadas
                                                                                     J.A. Muñoz Rojas


La siempre fecunda imaginación popular ha querido ver en las flores del phlomis purpurea la cresta de un gallo y de ahí que reciba el nombre de matagallos, resultado de unir dos sustantivos al igual que vimos al hablar del torvisco, y no porque nuestra planta mande gallos al otro mundo.


Alguno de sus otros nombres proceden de los usos que ha conocido y así en algunos lugares la llaman mechera, candilera o torcida pues sus hojas eran utilizadas para la fabricación de mechas para candiles. De ahí vendría también su nombre científico, del griego phlox, llama. Y para saber por qué la llaman también melera no es necesario ser un lince ni tampoco abeja pues según he podido leer su sabor es dulce y en otros tiempos gustaban de ella los niños.


Otros muchos usos no se corresponden con ningún nombre en concreto: sustituto del tabaco, remedio para los dolores de barriga, para los sabañones, para facilitar la expulsión de la placenta en cabras y ovejas...Y entre estos usos  que parece que no ha originado ninguna denominación se encuentra el que más me ha llamado la atención.


Hay cosas con las que hemos crecido y no se nos ocurre pensar que no siempre han sido así. El estropajo podría ser una de esas cosas, y resulta que tal como lo conocemos aun no tiene el siglo. Antes de inventarse lo que se usaba era el esparto ( cuyo uso he conocido aunque no tenga el siglo ) y en las zonas rurales y mas humildes otras plantas como nuestro matagallo.